“Si usted no está preocupado es porque no está poniendo atención”, dice un graffiti alemán que refleja bien lo que está pasando: estamos distraídos y eso ocurre, en buena medida, por causa de la manera como nos estamos comunicando, debatiendo y consumiendo información.
Me correspondió vivir en una época en la que se coartaba la libre circulación de las ideas. Yo era un adolescente, y en mi colegio solo se difundía la palabra del Vaticano, aumentada y corregida por el espíritu sectario del Opus Dei. El diálogo estaba reducido al intercambio entre fieles, o al adoctrinamiento de esos cándidos que éramos todos los alumnos. Conversar para confrontar opiniones o, simplemente, para aprender algo distinto o explorar otros puntos de vista era visto como un ejercicio malsano y eso hacía que la información moral o incluso científica fuera sesgada y pobre.
Hoy, muchos años después, tengo la impresión de asistir a un deterioro similar de la conversación y de la información, pero las causas son las opuestas: antes, el menoscabo se originaba en un ambiente dogmático, con un exceso de reglas que asfixiaban la libre circulación de ideas en contraste. Hoy, en cambio, disponemos de una información inabarcable, pero que no se traduce en el avance de la conversación y menos aún de la verdad. ¿Por qué? Porque la tecnología, los medios de comunicación y las redes sociales han logrado algo parecido a lo que conseguían antes los dogmáticos: confinar a las personas al mundo de sus creencias, en el que no se conversa, sino que se charla sobre lo que ya se sabe, se refuerzan las convicciones y se exacerban las pasiones.
Esto lo han logrado, paradójicamente, defendiendo la total libertad de información y de expresión y, sobre todo, condenando cualquier restricción a sus plataformas y a sus algoritmos. La libertad absoluta de información y de expresión, sin reglas que filtren los disparates, no mejora el entendimiento ni la verdad, como lo muestra Yuval Harari en Nexus, su último libro. Incluso la conversación entre gente que piensa diferente requiere de unas reglas básicas para que sea provechosa: primero, oír al otro, segundo, estar dispuesto a dejarse convencer y tercero, argumentar con honestidad intelectual. La superabundancia de datos y la falta de controles favorece la manipulación de la mente humana, que siempre está menos interesada en la verdad que en darle rienda suelta a las emociones.
Nexus es un libro fascinante y aterrador; allí se muestra cómo la información por sí misma no ayuda a la conversación ni mucho menos a alcanzar la verdad. Nunca tuvimos tanto conocimiento acumulado, tanto saber sobre todo lo que ocurre y puede ocurrir y, sin embargo, nunca estuvimos tan poco preparados para hacer un uso adecuado de todo eso. Harari sostiene que debemos “dejar de lado nuestras fantasías de infalibilidad y comprometernos con la creación de instituciones y mecanismos de control”. Pero todo parece avanzar por el camino opuesto: por un lado, los gigantes de la tecnología, hoy íntimamente sintonizados con el poder político, no se dejan regular (por eso apoyaron a Trump) y, por el otro, la sociedad está abrumada por el exceso de información, malhumorada por las pasiones políticas, confundida con los desafíos que enfrenta el mundo y, por causa de todo eso, deprimida o desentendida.
“Si usted no está preocupado es porque no está poniendo atención”, dice un graffiti alemán que refleja bien lo que está pasando: estamos distraídos y eso ocurre, en buena medida, por causa de la manera como nos estamos comunicando, debatiendo y consumiendo información, todo ello inducido por unos emporios de la tecnología que se inventaron un ‘modelo de negocio’ que depende de que la gente, en lugar de conversar y pensar, charle sobre lo que ya cree, se apasione con la política o se entretenga con bobadas.
Email: [email protected]
Twitter: @mgarciavillegas
Información tomada de: www.dejusticia.org